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¿Hay
un camino a la izquierda?
Acabó
la cuaresma, pero no el tiempo de privaciones. En ningún campo esencial
para la vida social se atisban razones para el optimismo.
I
En
el terreno político lo único bueno es que el Partido Popular seguirá en
la oposición. Pero la forma como se ha producido esta derrota le
permitirá condicionar o bloquear reformas importantes. Y su potente
aparato mediático e institucional —incluida la ultramontana Iglesia
Católica— puede seguir marcando parte de la agenda política. El
resultado electoral deja además otros indicios preocupantes. La
izquierda —no sólo Izquierda Unida— queda en una situación parlamentaria
irrelevante. El PSOE vuelve a tener como mayores aliados a los
nacionalistas periféricos conservadores, a los que temo más por su
derechismo que por su nacionalismo. Me atiendo a la historia pasada: los
mayores impactos de los pactos con convergentes y peneuvistas se han
producido en campos como la reforma laboral o la política fiscal
(incluida la reforma del IRPF aprobada en la pasada legislatura). El
resultado electoral parece haber sumido al PSOE en una nueva crisis de
identidad al comprobar que su victoria se ha basado en la periferia (Catalunya,
Euskadi, Andalucía), pero se ha perdido Madrid. Y para la elite política
perder Madrid es perder el mundo. El vértigo puede llevar a un nuevo
giro “españolista” (justificado por la necesidad de consenso en
cuestiones de estado con el Partido Popular), que puede traducirse tanto
en el reforzamiento de políticas derechistas como en tensiones en el
interior del propio partido, especialmente con un Partit dels
Socialistes Catalans necesitado de traducir su éxito electoral en
ganancias tangibles para la ciudadanía que le vota. El PP ha fracasado
en su intento de recuperar el poder, pero quizás ha tenido éxito en
mover el espectro electoral hacia la derecha.
Buena
parte de este movimiento ha tenido que ver con el nacionalismo, el
español y el otro. El Partido Popular ha resistido gracias al
crecimiento de votos en el centro (Madrid y Castilla la Mancha, en parte
una periferia de Madrid), Murcia y el
País Valencià.
Y también ha sido en Madrid donde ha obtenido un cierto éxito entre las
capas medias el recién nacido partido de Rosa Diez (captando votos en
caladeros parecidos a los que en Catalunya llevaron a Ciutadans al
Parlament). Posiblemente por razones distintas, en estas zonas ha calado
el discurso de la quiebra del estado, del “chantaje” del nacionalismo
periférico. Aunque en el caso de Levante es posible que el tema del agua
haya jugado también su papel. Y el blaverismo valenciano obedece
menos a una visión centralista del estado que al miedo a la hegemonía
catalana. En todo caso refleja, especialmente en Madrid, que un sector
amplio de las clases medias mantiene un poso de cultura conservadora muy
fuerte y está predispuesta a apoyar a un proyecto reaccionario (y a
creerse todas las mentiras que circulan por ahí) antes que ver en
peligro su visión de la unidad nacional. No tan lejos de 1936. Pero,
también en el otro lado las cuestiones nacionales han pesado, no solo en
Catalunya —donde el voto masivo al PSC sólo puede entenderse como una
reacción al temor que genera el Partido Popular— sino también en lugares
como Aragón, donde el tema del agua genera el efecto inverso al de
Murcia. El nacionalismo, el regionalismo, el localismo están vivos. Y
deben ser considerados en cualquier proyecto que aspire a cambiar la
situación. Incluso en aquellos que parten de un posicionamiento
internacionalista o cosmopolita. Y en el corto plazo seguirán
constituyendo un eje de tensiones y, probablemente, un factor de
derechización social.
II
La
situación va a marcar gran parte de la coyuntura social de los próximos
años. Nunca tenemos datos suficientes para saber cuál es la profundidad
y duración de la recesión. Porque en gran parte ésta depende de las
acciones de los grandes agentes (empresarios, gobiernos, bancos
centrales) cuyo comportamiento es difícilmente predecible. Pero los
datos que existen apuntan a una situación grave, gestada en un largo
proceso que daba indicios que nos encaminábamos a un nuevo desastre
económico. La crisis inmobiliaria que está en el núcleo de la situación
actual es el producto de una desaforada expansión en aquellos países que
han estado a la cabeza del crecimiento reciente en el mundo rico
(Estados Unidos, Reino Unido, España, Irlanda). Un hipercrecimiento que
como todas las burbujas inmobiliarias acaba explotando.
En
este caso la situación se agrava por el brutal crecimiento y complejidad
del sector financiero. El principal beneficiario de las desregulaciones
típicas de la etapa neoliberal y el principal promotor del boom
inmobiliario. La crisis financiera actual es sólo una más en la sucesión
de avatares financieros del periodo neoliberal. Pero su profundidad
parece mayor, porque está asociada a un proceso de especulación masiva
desarrollada en el núcleo central de las sociedades capitalistas
desarrolladas. La sucesión de quiebras encubiertas de grandes entidades
financieras y la masiva intervención de los bancos centrales
(especialmente la Reserva Federal) muestran esa profundidad. Ya comenté
en otra nota que es dudoso que la simple introducción de dinero sirva
para evitar la recesión (el tradicional problema de la “trampa de la
liquidez” que ya se mostró hace unos años en Japón), pero está al menos
sirviendo de “cortafuegos” y evitando que la crisis se extienda en forma
de colapso general del sistema financiero. Otra cosa es hasta qué punto
estas medidas de urgencia van a suponer un cambio de orientación de las
economías capitalistas, o si se trata, como parece, de meras medidas
para ir tirando mientras se espera que la tormenta amaine.
En
nuestro país la situación tiene características específicas, asociadas
en parte a la posición particular de la economía española. El Gobierno
no ha parado de decir que estamos tranquilos, aduciendo para ello la
baja tasa de morosidad bancaria (aquí no se ha sido tan alegre en
conceder créditos), el crecimiento del empleo de los últimos años y el
buen estado de las finanzas públicas y de la Seguridad Social. Este
cuadro optimista esconde, sin embargo, algunas cuestiones críticas
clave. En los últimos trece años el país ha experimentado un fuerte
crecimiento basado en gran medida en el impulso de la construcción.
Mientras el papel de otros sectores ha sido bastante menos brillante, de
lo que da buena cuenta el creciente déficit exterior, que indica que en
el plano industrial el país ha perdido peso (y el análisis de las tasas
de cobertura sectorial —la relación entre exportaciones e importaciones—
muestra un deterioro generalizado de la industria española) y que el
turismo ya no es capaz por sí solo de cubrir este vacío. Ahora la
palabra de orden es que hay que cambiar de modelo, pasar del “tocho” a
“la inteligencia”. Pero esto es más fácil de decir que de hacer.
Hay
razones para ser escépticos sobre la capacidad de reconversión de la
economía española. Con la integración europea y, sobre todo, tras la
integración monetaria, se han perdido gran parte de los resortes
políticos que han permitido a diversos países alcanzar un importante
desarrollo tecnológico e industrial (aunque se trata de un libro
discutible, en este aspecto es elocuente el texto de E. S. Reinert La
globalización de la pobreza, Crítica): no hay autonomía ni en
política arancelaria, ni en política de tipo de cambio, ni prácticamente
en política industrial. Baste recordar la reciente pelea del Gobierno
con Bruselas en materia de política energética. Muchas de las grandes
empresas industriales son sucursales de grandes grupos multinacionales
cuyas estrategias se definen por elementos que no suelen tener en cuenta
los intereses locales. En este contexto las habituales referencias a la
“economía del talento”, a la “I+d+i”, suenan más a mantras
repetidos para alejar demonios que a propuestas específicas de acción
política. Quizás el futuro nos depare una sorpresa, parecida a la que
ha supuesto el increíble —por su duración temporal— boom
inmobiliario que nadie habría previsto en 2004, y debamos así revisar el
análisis. Pero parece más sensato pensar que entramos en una fase de
enormes turbulencias.
Éstas
pueden incluso poner en crisis al sector público, cuya expansión ha
dependido sobre todo de los ingresos generados por el mismo boom
inmobiliario. Y cuya voluntad de mantener un bajo nivel impositivo puede
derivar en problemas cuando se esfuma el crecimiento. En el contexto
político detallado en el punto anterior, podemos esperar que las
dificultades se van a traducir en una vuelta a la derecha de una
política económica ya de por sí conservadora. Ya sabemos que las últimas
crisis han sido enormes coartadas para introducir desregulaciones del
mercado laboral, recortes de impuestos a los ricos, privatizaciones... O
para impulsar políticas de inversión pública que auguran nuevas
agresiones medioambientales, como el ya anunciado plan del Gobierno de
usar la inversión en infraestructuras como un mecanismo anticrisis, o la
persistente presión del lobby nuclear.
Hay
un factor adicional que dará a esta crisis una mayor tensión social. La
recesión afecta sobre todo al empleo masculino y, especialmente, a los
inmigrantes. La presión que los desempleados pueden ejercer sobre las
prestaciones sociales, la visibilidad de hombres magrebíes o
sudamericanos desocupados, las dificultades generales de empleo, pueden
alentar un reforzamiento de las respuestas racistas y xenófobas que han
estado latentes mientras se podía argumentar que no había competencia
por los puestos de trabajo entre nativos y recién llegados.
III
La
situación actual también está marcada por aspectos que tienen que ver
con la crisis ecológica global. O al menos dan pistas de cómo va a
desarrollarse. Ahí está el crecimiento del precio del petróleo y
derivados. O la sequía, especialmente grave en Catalunya. Es posible que
estemos sólo asistiendo a procesos coyunturales, pero cuadran sin duda
con lo que podemos esperar del agotamiento de un recurso no renovable o
del impacto del cambio climático. Y ello nos permite apreciar cuáles van
a ser las líneas de respuesta. Empezando por la total carencia de planes
bien definidos para hacer frente a estos problemas y las dificultades
para adoptar respuestas adecuadas. Ya estamos empezando a asistir a las
primeras manifestaciones de respuesta de los sectores directamente
enfrentados al alza del gasóleo o al racionamiento del agua. Y a la
demanda de nuevas infraestructuras. Y a las peleas interterritoriales
(ahí no en clave nacionalista, sino como mera oposición de mundo rural y
mundo urbano, una de las bases sobre las que se ha desarrollado algún
movimiento opuesto a los parques eólicos), que siempre dan mucho de sí.
O la ya citada ofensiva cultural de los pronucleares que se apuntan al
apocalipsis para justificar la reintroducción de una energía que, tras
Three Mile Island, Chernobil (y Vandellós) parecía una pesadilla del
pasado.
IV
Malos
tiempos para la lírica. Peores porque faltan fuerzas sociales y
mediaciones políticas para encarar estos problemas. Una crisis que no se
limita a la crisis de representación política que significa el
descalabro electoral de Izquierda Unida, sino que tiene que ver con el
escaso peso de la izquierda en el plano del debate intelectual, con la
fragilidad y debilidad de las organizaciones sociales y, a menudo, con
la confusión y sectarismo que existe entre muchos de estos círculos. No
es sólo un problema local, puesto que se trata de una crisis general que
no parece remontar. No hay por tanto que esperar soluciones, por más que
la urgencia de los problemas demande alternativas.
La
crisis inevitable de Izquierda Unida puede ser un nuevo paso atrás de
este proceso en caída libre. O convertirse en una nueva oportunidad para
repensar todos los procesos. Al menos la actitud de Llamazares el día de
las elecciones ha representado un gesto de dignidad (reconocer la
derrota, abrir un proceso de debate y renunciar al liderazgo) que
debería servir como apertura de esa reflexión. Una reflexión que además
se da sin la presión que generan en las organizaciones políticas los
ciclos políticos. La partida está en el tejado de las diferentes
familias que forman el conglomerado político de IU-Iniciativa. En su
capacidad de olvidarse de su sectarismo atávico y dar paso a un
verdadero proceso de reforma. Capaz de realizar un balance autocrítico
de su actuación.
Nadie
duda que el sistema electoral y mediático está diseñado para el
bipartidismo y para evitar que la izquierda tenga demasiado peso. Pero
resulta evidente que los votos también se han evaporado por otras
razones, empezando por las continuas batallas internas y diversas
intervenciones políticas en años pasados (el sectarismo de las “dos
orillas”) y presentes (el papel gubernamental de Iniciativa o Esker
Batua quizás expliquen parte de los votos evaporados). No trato de
buscar culpables. Simplemente subrayar que sin una evaluación sincera y
completa es imposible crear nada nuevo y ahí todo el mundo tiene su
parte de responsabilidad.
Difícilmente
se saldrá de la crisis si el debate se limita a la militancia
organizada. Para que haya un camino a la izquierda, aunque de momento
solo sea un sendero, hace falta recomponer fuerzas y sumar energías. Y
esto requiere un diálogo y una colaboración abierta con los sectores
sociales que de alguna forma se inscriben en la izquierda. Y que en los
próximos tiempos necesitarán de espacios en el que desarrollar una
respuesta social a la avalancha de políticas y movimientos derechistas
que nos amenazan.
[Albert Recio]
La
izquierda española: ¿un final o un principio?
Por
Juan-Ramón Capella
Lo
augurado se ha cumplido: Izquierda Unida ha obtenido los peores
resultados electorales de su historia.
Todos los implicados en esta crisis se han lanzado a hablar de
“renovación profunda”: renovación profunda del PCE, profunda renovación
de Izquierda Unida. También, según noticias, en algunos ambientes, a
darse palos los unos a los otros. Una profunda renovación.
Estas líneas se sitúan en otra perspectiva: esos resultados electorales
significan “el final de una historia”.
El
final.
Y
la pregunta es si la izquierda social real de este país está en
condiciones, ahora, de “iniciar una historia nueva”. No de renovar,
o tratar de mejorar, sino de empezar de nuevo y de otra manera,
construyendo otra cultura y otra práctica políticas, capaces de poner en
actividad a todo el “pueblo de la izquierda” los días de cada día y no
sólo en las citas electorales.
Final de una historia
Los
lectores disponen sin duda de un manojo de explicaciones acerca de los
resultados electorales de IU: desde la ley electoral —concebida desde el
principio contra nosotros, pero que ha funcionado siempre— hasta el
llamado “voto útil”, una consecuencia, en el fondo, de la ley electoral
y del temor al PP. Explicaciones que toman en consideración desde las
divisiones internas de IU hasta las prácticas políticas de este partido:
el seguidismo al Psoe de Llamazares; o las inconsistencias: el
Tripartito catalán, donde IC detenta el ministerio de la represión y la
ejerce; o la participación en el Gobierno Vasco.
Pero todas estas explicaciones, pese a ser significativas, eluden las
cuestiones de fondo principales: ¿por qué muchos trabajadores y gentes
de izquierda votan enajenadamente por el PP? ¿Por qué muchos, muchos,
votan al Psoe? ¿Por qué los sindicatos están a partir piñón con el
gobierno central —campeón de la política neoliberal— o con los diversos
gobiernos autonómicos? Ciertamente, preguntas como éstas no sirven para
explicar por qué se han perdido posiciones: sirven para plantear el
problema de la pérdida de influencia electoral y sobre todo social de la
izquierda en los últimos veinte años e incluso antes.
Pues no se trata de preguntarse por qué los resultados electorales son
tan malos, sino de preguntarse por qué no funcionan las instituciones
políticas de la izquierda real de este país.
***
Este análisis no se puede hacer en una breve nota sobre lo más urgente.
Para una explicación aclaratoria de la debilidad política de las
instituciones de la izquierda en España habría que remontarse, en mi
opinión, bastante lejos. Al menos, a la catastrófica gestión de Santiago
Carrillo y su equipo durante la transición, cuando el PCE
renunció a diferenciarse programáticamente del Psoe, se tragó sin más la
monarquía y la bandera de Franco, proclamó la honorabilidad de los
militares insurrectos, y cedió conquistas de los trabajadores en los
Pactos de la Moncloa. Este pragmático cinismo, capaz de traicionar
cualquier ideal colectivo, liquidó en poco tiempo el prestigio que el
partido había conquistado en la resistencia antifranquista y desmoralizó
a muchísimos de sus militantes.
Sobre esta base del oportunismo de la dirección del PCE les resultó
fácil a los medios de masas del gobierno y del empresariado la
“construcción de la identidad socialista” ubicándola en el Psoe, cuya
contribución colectiva a la lucha antifranquista se puede calificar
piadosamente de microscópica. Y mediocridades como Felipe González,
Alfonso Guerra, Miguel Boyer, Joan Reventós, Javier Solana y tantos
otros que me callo fueron presentados como oráculos por los medios de
masas afines al empresariado y al Departamento de Estado norteamericano
(o sea: todos de acuerdo en eso).
Es
obvio que en un período de tiempo muy breve, y que coincide con los años
centrales de la transición, el PCE, el partido hegemónico entre los
demócratas españoles, su vanguardia y su máquina de pensamiento, su
principal formación, pasa a ser un partido político secundario en la
vida política, y a perder una a una las cualidades que le habían
llevado a la hegemonía, las principales de las cuales eran su capacidad
de producción de pensamiento político y sobre todo, por encima de todo,
su práctica militante.
Una
discusión seria de lo que le ocurre hoy a la izquierda debe tomar en
consideración los errores cometidos.
***
Con
el final de la transición, esto es, con la nueva derrota significada por
la entrada de España en la OTAN; con el Psoe de Felipe González en el
Gobierno —el gobierno más corrupto que ha conocido la monarquía
parlamentaria—; con el cambio a las políticas neoliberales puras y duras
que la izquierda social no tuvo siquiera la capacidad de modular, el PCE
dirigido por G. Iglesias tuvo el acierto de crear Izquierda Unida.
La
creación de IU significó inicialmente un paso positivo en la
recuperación de la Izquierda Social. Con la experiencia de Julio Anguita
y Convocatoria por Andalucía pudo parecer que esta formación, abierta a
grupos y personas no identificados con el partido comunista, se
realizaba la renovación política que necesitaban las instituciones de la
izquierda de este país, y que se materializaba un modo distinto de hacer
política.
Hay
que decir, sin embargo, que el PCE, que puso todo su empeño en fundar e
impulsar Izquierda Unida, lo hizo “con red”, por decirlo así: no quiso
contemplar su propia disolución en el seno de la nueva organización.
Y
ésta tuvo que funcionar en medio de un marjal de cocodrilos: infiltrados
del Psoe o afines a este partido en puestos incluso directivos; durísimo
enfrentamiento con el gobierno a propósito de políticas inadmisibles
como la guerra sucia de los Gal, y, naturalmente, la hostilidad de la
prensa, siempre con el empresariado, siempre con el Psoe, o los
nacionalismos, o con la derecha: siempre negándole a la izquierda social
un lugar al sol en la construcción de la política de este país. Mientras
tanto, políticos nacionalistas y de clase media se hacían con el control
de parcelas de la izquierda, como el Psuc, para desactivarlas y
presentarse como equipos compatibles con el sistema.
Otras cosas cambiaban, entretanto, y no sólo condicionantes exógenos de
primera magnitud. La opción de todos los partidos por la fórmula de los
“partidos de cuadros” y el abandono de la idea del “partido de masas”
originó una ruptura generacional muy difícil de salvar. Muchas personas
han visto en la actividad de las organizaciones no gubernamentales un
punto de referencia para la transformación molecular del mundo social,
en detrimento de una acción política que sólo ven en su limitado y
travestido referente parlamentario y sobre todo en la superficialidad
de su versión massmediática.
Por
supuesto, estos cuatro apuntes no bastan. Pero señalan que hay que
buscar explicaciones de fondo a la crisis específica de la izquierda
social en España.
***
La
cuestión, hoy, es saber si IU y PCE pueden convertir este final de ciclo
político en el principio de otra cosa, aliándose con todas las
fuerzas e iniciativas sociales, con los grupos de acción disconformes
con el sistema y con las personas portadoras del espíritu de rebelión.
No
se trata de conseguir una enésima refundación de Izquierda Unida,
o de buscar una refundación del PCE. Se trata de suscitar la
voluntad política de crear un partido nuevo, abierto a la militancia
de masas y no sólo parlamentario, definido no ideológica sino
programáticamente —esto es, un partido laico, en el que
puedan coincidir personas de diversas ideologías, conformes con un
programa democráticamente concebido y estipulado.
Un
partido consciente de que la propia forma política del partido
—la institución partido— está en crisis, y decidido a
experimentar y a tratar de ser un partido de masas de asociados,
y no una mera organización de cuadros profesionales de la política (lo
que impondrá afrontar desde el principio el problema de la
profesionalización temporal en la actividad política).
Nos
hallamos ahora en una situación paradójica:
Tenemos a la vez el problema planteado por Gramsci: capitanes sin
ejército y ejército sin capitanes. Y lo tenemos, lo subrayo, a la
vez.
Hay
capitanes que han perdido su ejército. Capitanes como Llamazares,
Alcaraz o Frutos, que, cualesquiera que sean sus méritos personales, han
sido incapaces de mantener cohesionadas sus fuerzas. Son capitanes sin
ejército en el peor sentido de la expresión: no son ellos los dotados de
ideas estratégicas y capacidad de atracción para conseguir un “ejército”
nuevo. Deben ser rebasados políticamente para que lo nuevo pueda nacer.
(Éste puede parecer un juicio duro, pero es sólo un juicio político, no
moral; y por tanto abierto a cambiar según los comportamientos
políticos.)
Pero hay también —y esto es lo más importante— un ejército sin
capitanes. El de los militantes de tantas organizaciones políticas y
sociales —incluida tanta buena gente del PCE y de IU—, por supuesto,
pero también la multitud de personas que perciben la gravedad de los
problemas para los que el empresariado y su clase política carece de
respuesta, y que desean hallar un lugar de inserción en la lucha
política.
Ese
lugar de inserción no puede ser otro que el de un partido de nuevo cuño
que anime comisiones cívicas, estudiantiles, sindicales, locales, en
torno a iniciativas ciudadadanas y rurales de todo tipo, sobre los ejes
centrales de la problemática social de nuestro tiempo.
***
¿Es
esto viable? ¿Es sólo un sueño?
La
cultura política tradicional del comunismo sin duda verá con reticencia
el proyecto de apostar por un gran cambio. No sólo el PCE: también otros
grupos políticos menores temerán perder su identidad si apoyan a fondo
un proyecto de renovación en profundidad. Porque se trata de eso: de
perder una máscara, una personalidad, que ya no sirve, y aprender a
construir junto con otros una máscara política nueva.
Por
otra parte, siempre la construcción de nuevas identidades en la
izquierda —desde la del común antepasado Pablo Iglesias, a la de las
formaciones anarquistas, etc.— se han dado en medio de luchas sociales
importantes, en momentos en que no podía siquiera imaginarse la apatía
sociopolítica que parece caracterizar nuestro presente.
Pero los desafíos que aguardan al “partido orgánico de la izquierda
social”, sea cual sea la denominación que encuentre, no son
pequeños: tienen que ver ante todo con la precarización del trabajo, con
el sistema de pensiones, con el dumping social, con los trabajadores
inmigrantes, sus derechos y su incorporación a la lucha de la izquierda
social. Hay que hacer frente y echar abajo el crecimiento neoliberal de
las desigualdades.
Hay
que hacer frente con desobediencia civil, con gran energía, a las
políticas del sistema que nos comprometen en actividades bélicas, que
violan sus propias leyes, que nos ignoran como personas; hay que hacer
frente a aparatos del Estado, como el judicial, que convierten en una
burla eso que se suele llamar “administración de justicia”. Hay que
transformarlos de raíz.
Hay
que afrontar el final de la era del petróleo barato, con la consiguiente
militarización del tráfico del petróleo y materias primas; afrontar la
pérdida de derechos individuales en beneficio de todo tipo de policías;
hay que afrontar el cambio climático y la escasez de agua buscando
soluciones razonables y cooperativas.
Hay
que afrontar una lógica social que trata de desplazar siempre a mañana
los problemas de hoy, agravándolos y haciéndolos inmanejables: los
problemas de los residuos, de las incompatibilidades productivas.
Es
necesario abordar los necesarios cambios en los modos de vida: la
hiperurbanización, las formas de trabajo que incitan al uso creciente
del automóvil privado. Hay que abordar el problema creado por la
formación de monopolios publicitario-culturales, crear sistemas de
enseñanza que al menos permitan aprender… Y también mantener o conseguir
conquistas elementales: el derecho de las mujeres al aborto, la curación
de las pandemias homofóbica y machista, la conquista del derecho a la
eutanasia.
Eso
y tantas otras cosas, por no hablar de las lacras que afligen a las
poblaciones pobres. Por todo eso, y por la consciencia de que no se
trata de problemas imaginarios, puede ser posible hablar de un nuevo
partido de la izquierda de este país como de un proyecto, y no sólo como
un sueño.
Porque no podemos abandonar todos esos problemas a la gestión de los
empresarios y de sus partidos afines, el Psoe, el PP y los nacionalistas
de derechas. Porque no podemos limitarnos a incidir marginalmente sobre
ellos, ni menos aún podemos mendigar. Por eso es imperativo,
aunque parezca hoy difícil, decir adiós a lo viejo y crear entre todos
algo nuevo.
Ponte a pensar.
Luego hablamos.
¡No
al préstamo de pago en bibliotecas!
El
préstamo de pago en bibliotecas es una obligación con la que la Unión
Europea, que ha impuesto esta norma, se somete a los dictados de los
nuevos soberanos neoliberales (BM, FMI, OMC) que desean convertir todo
acto de los seres humanos en un acto mercantil. Y los Estados europeos
se someten al dictado del nuevo Dios Neoliberal tratando de evitar
protestas: paga el Estado Español, y traslada a los ciudadanos como
contribuyentes el coste de ese 'préstamo de pago en bibliotecas'.
Debemos manifestarnos en contra de esta nueva ficción jurídica asociada
a la propiedad intelectual, por mucho que resulte justiciero que ahora
hayan de pagar hasta los que no leen.
Por la lectura
por
José Luis Sanpedro
Cuando
yo era un muchacho, en la España de 1931, vivía en Aranjuez un Maestro
Nacional llamado D. Justo G. Escudero Lezamit. A punto de jubilarse,
acudía a la escuela incluso los sábados por la mañana aunque no tenía
clases porque allí, en un despachito que le habían cedido, atendía su
biblioteca circulante. Era suya porque la había creado él solo, con
libros donados por amigos, instituciones y padres de alumnos. Sus
'clientes' éramos jóvenes y adultos, hombres y mujeres a quienes sólo
cobraba cincuenta céntimos al mes por prestar a cada cual un libro a la
semana. Allí descubrí a Dickens y a Baroja, leí a Salgari y a Karl May.
Muchos
años después hice una visita a un bibliotequita de un pueblo madrileño.
No parecía haber sido muy frecuentada, pero se había hecho cargo
recientemente una joven titulada quien había ideado crear un rincón
exclusivo para los niños con un trozo de moqueta para sentarlos. Al
principio las madres acogieron la idea con simpatía porque les servía de
guardería. Tras recoger a sus hijos en el colegio los dejaban allí un
rato mientras terminaban de hacer sus compras, pero cuando regresaban a
por ellos, no era raro que los niños, intrigados por el final, pidieran
quedarse un ratito más hasta terminar el cuento que estaban leyendo.
Durante la espera, las madres curioseaban, cogían algún libro, lo
hojeaban y a veces también ellas quedaban prendadas. Tiempo después me
enteré de que la experiencia había dado sus frutos: algunas lectoras
eran mujeres que nunca habían leído antes de que una simple moqueta en
manos de una joven bibliotecaria les descubriera otros mundos.
Y
aún más años después descubrí otro prodigio en un gran hospital de
Valencia. La biblioteca de atención al paciente, con la que mitigan las
largas esperas y angustias tanto de familiares como de los propios
enfermos, fue creada por iniciativa y voluntarismo de una empleada. Con
un carrito del supermercado cargado de libros donados, paseándose por
las distintas plantas, con largas peregrinaciones y luchas con la
administración intentando convencer a burócratas y médicos no siempre
abiertos a otras consideraciones, de que el conocimiento y el placer que
proporciona la lectura puede contribuir a la curación, al cabo de los
años ha logrado dotar al hospital y sus usuarios de una biblioteca con
un servicio de préstamos y unas actividades que le han valido, además
del prestigio y admiración de cuantos hemos pasado por ahí, un premio
del gremio de libreros en reconocimiento a su labor en favor del libro.
Evoco
ahora estos tres de entre los muchos ejemplos de tesón bibliotecario, al
enterarme de que resurge la amenaza del préstamo de pago. Se pretende
obligar a las bibliotecas a pagar 20 céntimos por cada libro prestado en
concepto de canon para resarcir —eso
dicen— a los
autores del desgaste del préstamo.
Me
quedo
confuso y no entiendo nada. En la vida corriente el que paga una suma es
porque:
a)
obtiene algo a cambio.
b)
es objeto de una sanción.
Y yo me pregunto:
¿qué obtiene una biblioteca pública, una vez pagada la adquisición del
libro para prestarlo? ¿O es que debe ser multada por cumplir con su
misión, que es precisamente ésa, la De prestar libros y fomentar la
lectura?
Por
otro lado, ¿qué se les desgasta a los autores en la operación? ¿Acaso
dejaron de cobrar por el libro? ¿Se les leerá menos por ser lecturas
prestadas? ¿Venderán menos o les servirá de publicidad el préstamo como
cuando una fábrica regala muestras de sus productos? Pero, sobre todo:
¿Se quiere fomentar la lectura?, ¿Europa prefiere autores
más ricos pero menos leídos?
No
entiendo a esa Europa mercantil. Personalmente prefiero que me lean y
soy yo quien se siente deudor con la labor bibliotecaria en la difusión
de mi obra.
Sépanlo
quienes, sin preguntarme, pretenden defender mis intereses de autor
cargándose a las bibliotecas. He firmado en contra de esa medida en
diferentes ocasiones y me uno nuevamente a la campaña.
¡NO
AL PRÉSTAMO DE PAGO EN BIBLIOTECAS!
Nostalgia
de otro futuro
El
17 de febrero de este año, los 109 diputados del Parlamento kosovar
aprobaron declarar la independencia de su país y el veinte de marzo se
cumplió el quinto aniversario de la invasión de Irak. Estos son dos de
los hechos cuya génesis y significado podemos ahora comprender mejor
gracias al libro escrito por José Luis Gordillo, Nostalgia de otro
futuro, publicado por la editorial Trotta hace pocas semanas.
En
relación con el primero de esos acontecimientos, el Consejo Europeo
emitió una declaración en la que se afirma que la autodeterminación de
la antigua provincia serbia constituye un caso sui generis que en
ningún supuesto debe considerarse como precedente. Al amparo de esa
doctrina del caso sui generis los medios de comunicación han
aprovechado para rescribir la historia de la guerra que la OTAN entabló
contra Yugoslavia en 1999. De acuerdo con la versión actual, resulta que
en aquel entonces Kosovo estaba siendo objeto de una limpieza étnica por
parte de los serbios. Los bombardeos de la OTAN sirvieron para proteger
a los albano-kosovares y para que éstos pudieran regresar a sus
hogares.
Así,
Ramón Lobo, corresponsal en Pristina, escribía en el diario El País
del día 18 de febrero que: “El Kosovo independizado ayer empezó a
nacer con sufrimiento en 1999, entre la brutal represión de las tropas
de Slobodan Milosevic, que expulsaron fusil en mano a la mitad de la
población albanesa (casi un millón de personas), y de las bombas de la
OTAN, que acudió en su socorro.” Y que “Acabada aquella guerra, la
última de las cuatro balcánicas, Serbia se retiró de Kosovo con sus
tropas y sus símbolos dejando atrás un reguero de fosas comunes y
destrucción.”
La
lectura del libro de José Luis Gordillo nos da, sin embargo, una imagen
de lo que pasó radicalmente distinta de ésta. En primer lugar, el éxodo
masivo de personas empezó después de los bombardeos de la OTAN y no
antes. La intervención armada de la alianza provocó la huida de la
población por miedo a las bombas y facilitó la tarea de los
paramilitares serbios. Por otro lado, no hubo ningún genocidio de la
población albanokosovar: el equipo de investigadores que envió el
Tribunal Internacional de la Haya en 1999 encontró 2000 cadáveres, y
eran tanto de personas serbias como albanokosovares. Lo que hubo en
Kosovo fue una guerra civil y, tras la retirada del ejército serbio, se
siguieron cometiendo numerosos actos de violencia contra serbios,
gitanos y albanokosovares moderados por parte de los paramilitares
albaneses. Como denunció Amnistía Internacional, la OTAN no adoptó
medidas para acabar con esa violencia étnica.
Si
la intervención de la OTAN no alivió, sino que agravó la situación de la
población de Kosovo, ¿cuál fue la razón real que motivó la acción
armada? La tesis de José Luis Gordillo es que lo que se pretendía era
reafirmar el papel de la OTAN y de las fuerzas norteamericanas en
Europa. Es decir, se trataba de rematar la faena iniciada en Bosnia para
justificar la subsistencia de la organización atlantista y la
persistencia de la intervención estadounidense en el continente europeo.
El decidido apoyo norteamericano a la independencia de Kosovo puede
entenderse dentro de esa misma línea de mantener la presencia de sus
tropas en Europa y crear discordia en el seno de la UE y entre la UE y
Rusia. El hecho de que en Kosovo se haya construido una gigantesca base
estadounidense, la de Camp Bondsteel, abonaría esa interpretación.
El
segundo acontecimiento, la guerra de Irak, tiene que ser inscrito en el
contexto de lo que José Luis Gordillo denomina “guerras por el
petróleo”. Se trata de toda la serie de acciones armadas que se han
emprendido en los últimos años para controlar ese recurso escaso y
finito. Y como en Oriente Medio se encuentran los dos tercios de las
reservas mundiales de petróleo, para los países occidentales es vital
controlar el suministro procedente de esa zona del mundo.
Las
guerras por el petróleo responden a un planteamiento a corto plazo. Se
trata de conseguir una ventaja inmediata sobre los demás, pero sin
solucionar el problema de fondo que plantea el fin de la era del
petróleo. José Luis Gordillo utiliza la idea del “plan X” de que hablaba
Raymond Williams en su libro Hacia el año 2000, para caracterizar
esa estrategia: lo que se pretende es conseguir un margen de maniobra
momentáneo, porque se abriga un profundo pesimismo sobre la posibilidad
de solucionar los problemas ecológicos y económicos de fondo.
Las
dos invasiones de Irak constituyen una manifestación de esa estrategia.
El objetivo que ha perseguido el gobierno norteamericano con ellas es el
de tener acceso al petróleo de ese país e intensificar su presencia
militar en Oriente Medio. Además, entre la primera invasión de Irak y la
segunda tuvieron lugar los atentados contra las torres gemelas y el
Pentágono que dieron inicio a la guerra contra el terrorismo. Esos
atentados fueron, como señala José Luis Gordillo, una especie de nuevo
“Pearl Harbor”, lo que permitió justificar un extraordinario incremento
del presupuesto militar estadounidense.
Justo
antes de la segunda invasión se produjo lo que en el libro se designa
como la “globalización de la resistencia antimilitarista”. En efecto, el
15 de febrero de 2003 tuvieron lugar manifestaciones en contra de la
anunciada invasión de Irak, que reunieron simultáneamente a millones de
personas en seiscientas ciudades de todos los continentes. Diferentes
encuestas que se realizaron ese mismo año pusieron de manifiesto la
oposición de la población mundial, europea y española a la invasión de
Irak (en España entre el 85 y el 90% de los encuestados se declararon
contrarios a la misma). A pesar de esa oposición, Bush invadió y el
gobierno de Aznar y los parlamentarios del PP le apoyaron. Se verificó,
así un caso (más) de oposición entre la voluntad del pueblo representado
y la de sus (supuestos) representantes, que se resolvió a favor de estos
últimos.
Pero
la historia no acaba ahí. Como señala José Luis Gordillo, tras la toma
de Bagdad, tuvo lugar un cambio de postura de los gobiernos y políticos
que se habían manifestado contrarios a la guerra. Así ocurrió con Felipe
González y Jordi Pujol o con los gobiernos francés y alemán. Por su
parte, el Consejo de Seguridad de la ONU adoptó las resoluciones 1483 y
1511 que vinieron a legalizar la invasión, atribuyendo la titularidad
del poder político a los invasores. Estas resoluciones marcaron el fin
de las críticas de fondo de Rodríguez Zapatero, el cual manifestó que se
sentía “cómodo” con la resolución 1511.
La
retirada de las tropas españolas de Irak, tras el acceso del PSOE al
poder fue un gesto de gran importancia. Pero, como señala José Luis
Gordillo, esa retirada fue “compensada” con el aumento del envío de
tropas a Afganistán, en un intento de apaciguar a Estados Unidos por esa
vía.
Y
en esas estamos todavía: el último acto del ministro de defensa en
funciones, José Antonio Alonso, el 25 de marzo fue solicitar a la
Diputación Permanente del Congreso un nuevo incremento (el segundo) de
las tropas españolas desplegadas en Afganistán que ascenderán a partir
de ahora a 778 efectivos. Todos los partidos votaron a favor excepto IU,
ERC y el BNG. Bueno será recordar este dato en el futuro.
[José A. Estévez Araujo]
No
confundir el campo con los campesinos
por Ricardo Natalichio,
Ambiente y Sociedad, nº 337, 27 de marzo de 2008
http://www.ecoportal.net
El
conflicto que se vive en Argentina por la rebelión de los productores
rurales y que ha sido reproducido en medios de comunicación de todo el
mundo, requiere de un análisis profundo. En este país el campo y los
campesinos desde hace unos cuantos años no son la misma cosa.
Abordaremos el caso de Argentina, pero este es un modelo que se
reproduce, en mayor o menor medida, en toda América Latina.
Desde
la década del '90, con la presidencia de Carlos Menem, se comenzaron a
producir grandes cambios en el sector agropecuario. La sojización del
campo, trajo aparejada una fuerte concentración de las tierras más
fértiles en manos de los llamados pool de siembra y su consiguiente
éxodo de mano de obra excedente hacia las grandes ciudades.
Cientos
de miles de familias de campesinos se fueron viendo forzados a abandonar
el campo presionados por un nuevo modelo de agricultura, que no necesita
agricultores. Los pequeños productores fueron siendo sistemáticamente
fagocitados por los pool de siembra y hoy la Argentina toda, es una
inmensa plantación de soja, que ya ocupa casi el 70% de la superficie
total sembrada.
Desde
el gobierno se plantea que la suba en las retenciones a la soja, está
pensada como estrategia para desalentar el incremento de este cultivo a
lo largo y a lo ancho del país, ya que los extraordinarios precios
internacionales obtenidos por el monocultivo de la soja, desalientan la
producción de otras siembras como el trigo, el maíz y otros productos
agrícolas necesarios para abastecer al mercado interno.
Por
otra parte, no olvidemos que los monocultivos incentivan el uso de
fertilizantes y agroquímicos altamente contaminantes. Que producen
desertificación, contaminación del agua y pérdida de biodiversidad.
Estamos
de acuerdo con que las retenciones, así como están planteadas,
concentran la riqueza en Buenos Aires. Pero la solución a esto pasa por
que el gobierno debe incrementar el gasto nacional en aquellas regiones
que lo necesiten, alentando la diversificación de cultivos y apoyando la
creación, financiación y el trabajo de las PyMEs y los campesinos, que
son los mayores creadores de empleo y productores de alimentos.
Se
ha instalado desde los medios de comunicación la falsa premisa de que el
campo es el que alimenta y financia al país. Esto es una doble falacia,
en todo caso los que proveen de alimentos al país son los campesinos, ya
que el campo sólo produce soja para exportar. Y financieramente, los
ingresos que genera el campo para el país provienen de las retenciones,
que son el motivo de su protesta.
El
verdadero problema de fondo es la concentración de la tenencia de la
tierra, pero esto por ahora ni se debate. Los alimentos no pueden ser
objeto de ganancias ilimitadas. La Biodiversidad es una riqueza de los
pueblos y la tenencia de la tierra, debe estar en sus manos.
El
futuro de los campesinos, la sustentabilidad de la tierra, la
contaminación del agua, la pérdida de diversidad biológica, la
desertificación, la soberanía alimentaria; no dependen del porcentaje de
las retenciones, sino de un modelo de país.
Nos
reencontramos la próxima semana, con una nueva entrega de esta
publicación.
La
biblioteca de Babel
Luciano Canfora
Exportar la
libertad. El mito que ha fracasado
Trad. de
Santiago Jordán Sempere
Ariel, 2008, 119 págs.
Luciano
Canfora viene dedicándose a mostrar el uso ideológico de conceptos
políticos que crean fácilmente adhesión, al estar fuertemente asentados
en nuestro imaginario. Para ello, contrasta el concepto teórico con su
puesta en práctica a lo largo de la historia. Se dedicó al estudio de
los usos y abusos de la palabra democracia en Crítica de la retórica
democrática y en sobre todo en La democracia. Historia de una
ideología (a este último, se le vetó su publicación en Alemania).
Prosiguiendo
esta línea de análisis, en Exportar la libertad nos hace un
repaso a otro de los grandes totems de nuestro tiempo: la libertad,
palabra que ha quedado desgastada y ya parece que sirva para designar
cualquier cosa. Por ello Canfora recorre su utilización desde nuestro
origen político mítico, la Grecia Clásica, hasta la reciente guerra de
Irak. En el camino vemos como la perversión de su uso ha servido para el
dominio de las sociedades y para llevar a los ciudadanos a la guerra,
tal es el caso de la Atenas imperialista, del “libertador” Bonaparte,
antaño los soviéticos y ahora los estadounidenses en Afganistán, la
“liberación” de Irak I y II... es decir todo lo contrario de lo que se
podría esperar de una concepción de libertad igualitaria.
Estos
tiempos de desmemoria histórica han llevado a que individuos como
Kissinger y Brzezinski, o sus versiones neocons, hayan sido
quienes han llenado de contenido la palabra libertad y además la han
pretendido exportar. Por esta razón, Canfora nos recuerda en su libro
que “antaño se dijo, y se escribió, que la alternativa al socialismo era
la barbarie. A lo mejor estamos llegando a ese punto”.
[Joan Lara Amat y León]
PÁGINAS-AMIGAS
Centre de Treball
i Documentació (CTD)
http://www.cetede.org
Nómadas. Revista Crítica de
Ciencias Sociales y Jurídicas
http://www.ucm.es/info/nomadas
El Viejo Topo
http://www.elviejotopo.com
La Insignia-
http://www.lainsignia.org
Sin permiso
http://www.sinpermiso.info/
Revista
mientras tanto
Contenido del número
103
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mientras
tanto
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|
Verano 2007
103
NOTAS
EDITORIALES La historia interminable: nueva crisis financiera
A. Recio Dilemas constitucionales en
Venezuela G. Pisarello La
sombra de un ciudadano ejemplar J. Torrell
En la muerte de Lluís Maria Xirinacs
J. Sempere
ARTÍCULOS LOS SERVICIOS SOCIALES Y LA CUARTA PATA (¿COJA?) DEL
ESTADO DEL BIENESTAR EN ESPAÑA José Adelantado
EL
CUIDADO DE LA DEPENDENCIA: UN TRABAJO DE CUIDADO Teresa Torns
SINDICATOS Y JÓVENES: EL RETO DE SUS VÍNCULOS Antonio Antón
DERECHOS
FORMALES Y DERECHOS REALES DE LOS TRABAJADORES EN LA ESPAÑA
DE COMIENZOS DEL SIGLO XXI Daniel Lacalle
L’ESGLÈSIA CATÒLICO ROMANA A ESPANYA: PODER I PRIVILEGI Ángel Zaragoza i Tafalla
RESEÑA Entrada en la Barbarie Joaquim Sempere
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|
mientras
tanto bitartean mientras tanto mentrestant
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Contenido del número
104-105
|
mientras
tanto
BCCBBHBCCBBBCBBBCBBBBCCB |
2008
104-105
NOTAS EDITORIALES
¿Cambio climático global o crisis socio-ecológica?
A. Recio Elecciones: ganará la derecha, ¿pero cuál?
J.-R. Capella La Unión Europea y el arte del doble rasero
G. Pisarello y X. Pedrol Sucesión y desinformación
J. L. Gordillo El catolicismo conservador, el pan nuestro de cada día
A. Madrid En la muerte de Josep Guinovart J.-R. Capella
ARTÍCULOS
LOS COMUNISTAS ANTE LA TRANSICIÓN
Josep Fontana
EL LIBERALISMO HERÉTICO DE PIERO GOBETTI
Giaime Pala y Gianluca Scroccu
EL INIGUALABLE Y DESIGUAL SIGLO XX Bob Sutcliffe
DEL MARXISMO-LENINISMO AL NEOCOLOQUIALISMO O LAS
PRODIGIOSAS AVENTURAS TRANSPIRENAICAS DE CARLOS SEMPRÚN José A. Tapia Granados
MEMORIA HISTÓRICA Y PODERES PÚBLICOS
Presentación
POSIBILIDADES Y LÍMITES DE LAS ‘POLÍTICAS PÚBLICAS DE LA
MEMORIA’ Sergio
Gálvez Biesca
¿PERSEGUIDOS O PERSEGUIDORES? SOBRE LA NECESIDAD DE
AFRONTAR EL PASADO Ángel
Rozas
LA POLÍTICA ARCHIVÍSTICA DEL GOBIERNO ESPAÑOL DESDE EL
COMIENZO DE LA TRANSICIÓN A. González Quintana
TEMPUS FUGIT. LAS MEMORIAS DE LA TRANSICIÓN Xavier
Domènech Sempere
RESEÑA
VIEJO Y NUEVO IMPERIALISMO: UN COMENTARIO SOBRE
THE
NEW IMPERIALISM DE DAVID HARVEY Y EMPIRE OF
CAPITAL DE ELLEN MEIKSINS WORD Bob Sutcliffe
OBITUARIO
CITA
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mientras
tanto bitartean mientras tanto mentrestant
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